martes 3 de noviembre de 2009

En recuerdo de las inundaciones

Cincuenta y seis años llevo conmigo el recuerdo del agua llegando hasta entrar por los fondos de mi casa. La expresión de temor en la cara de mi madre y mis hermanos. Tampoco pude olvidar el hacinamiento y la oscuridad de la generosa vecina que nos dio asilo. El olor a humedad que al bajar el agua no se quería ir. La franja ocre sobre las paredes de la ciudad que deja el agua al bajar. Que no desapareció hasta que mi padre se cansó de ello y escapamos hacia las tierras más altas. Pero uno siempre regresa. Ahora para recorrer las barrancas del río, extraer fósiles y así conocer el pasado prehistórico. Después de tantas décadas hay decenas de pibes jugando en ese territorio de casas humildes, amenazadas por la basura, pero con futuro posible a orillas del río de la Reconquista. Ajenos a las especulaciones inmobiliarias de que en estos días se ocupan los adultos por ahí. Niños en ese territorio que creíamos perdido. Entre las matas de madreselva, bajo la sombra de las casuarinas. Niños que ya nunca serán evacuados como yo. Ahora, pasé frente a un pequeño grupo que estaban sentados sobre la gramilla, formando círculo frente a una casilla muy humilde, pintada de verde agua. Saludé. – ¡Chau Don! – respondieron. Unos pasos más adelante me di cuenta que uno de ellos, tal vez el más pequeño, me perseguía. Me di vuelta, deteniéndome para mirarlo y él se detuvo. Recuerdo bien sus ojos grandes, inocentes. El pibe arrastraba un carrito con un piolín. Los otros, que imaginé serían sus hermanos, lo instaban a regresar. Para no espantarlo lo esperé inmóvil, como concentrado el perfil de la barranca. El niño me alcanzó. Se aferró a las piernas de mis pantalones. Me sorprendió su familiaridad. Entonces le puse la mano sobre el hombro, le pregunté su nombre. No contestó. Le rasqué la cabeza y se inclinó señalando hacia sus zapatillas. Enseguida me agaché para atarle los cordones. Eso quería. Los otros lo llamaron mostrándole el barrilete con cola de trapo que ya descolgaban aprovechando lo alto de la barranca. Seguro era su madre quien asomó desde la casa y se disculpó con una sonrisa. El niño, me dijo algo sin soltar el chupete. Señaló con un dedo hacia donde estaban los otros, al barrilete de papel de diario. Se fue corriendo alocadamente, despatarrado, arrastrando el carrito que daba tumbos. Una cuadra más adelante aún podía oír el griterío. Entonces me senté bajo la sombra de un sauce que siempre estuvo allí. Me quedé viendo pasar el río. A esperar que el agua reflejara el cometa que remontó muy alto, coleando sobre las copas de unas casuarinas.

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